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domingo, 30 de octubre de 2022

 




                      La Casa Encantada de Peñafiel



A lo largo de la Historia han sido frecuentes los casos de casas que se creían encantadas o embrujadas, en las que moraban duendes o brujas, o bien el mismo diablo, siendo normal que en tales casos se acudiera a los curas párrocos u otras instancias eclesiales para tratar de remediar el asunto.

En el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid se ha conservado un curioso pleito en el que, con el fin de anular la venta de una casa en Peñafiel (Valladolid) y conseguir la devolución del dinero pagado por ella, el demandante, su familia y sus testigos alegaban la posesión de la referida casa por una presencia extraña, refiriéndose a la misma como "duende, trasgo o diablo".

El 23 de septiembre de 1589 Lorenzo López interpone una demanda ante el corregidor de Peñafiel contra Diego Martínez Bernal y su mujer Ana de Gracia, vecinos de Ayllón (Segovia), para anular la compra de la casa que le había efectuado en enero de 1588 situada en el barrio de Santa María de Mediavilla de la citada villa de Peñafiel, en precio de 500 ducados y a pagar en dos plazos. El motivo que esgrimía Lorenzo López para tal anulación era la presencia en la casa, desde hacía mucho tiempo, y siendo conocido en toda Peñafiel, de un duende o trasgo que hacía la vida imposible a su familia y criados, en forma de arrojarles diferentes objetos y monedas, hacer fuertes ruidos y alborotos, y en ocasiones golpear a algún miembro de la familia, actuando casi siempre nuestro duende a la media noche y en la parte alta de la casa y en su bodega. Todo ello había motivado en sus moradores un estado de pánico y terror tal que les había forzado a abandonar y cerrar la poseída casa y alquilar otra en la misma villa de Peñafiel, requiriendo por ello al juez la anulación del contrato de compraventa y la devolución del dinero pagado.

Por el contrario, Diego Martínez alegaba, junto a sus testigos, que no existía ningún duende o diablo en la casa y que el susodicho Lorenzo López nunca se había quejado de tan incómodo huésped hasta que no tuvo que afrontar el segundo plazo de la venta, y por el que había sufrido ejecución en sus bienes por no hacer frente al pago de los consabidos 250 ducados, llegando incluso a alquilar la casa cuando se marchó junto a su familia de la misma.

El corregidor desestima la demanda por sentencia de 9 de marzo de 1590. Ante ello, Lorenzo López apela a continuación ante la Real Chancillería de Valladolid, la cual le da la razón en una primera sentencia de vista, obligando a Diego Martínez a que le devolviera 250 ducados, y finalmente los 500 ducados totales de la venta por sentencia de 19 de diciembre de 1590, solicitando Lorenzo López a la Chancillería carta ejecutoria de la misma, la cual sería expedida el 24 de diciembre de ese mismo año.

A través de las diversas probanzas y testimonios que presentó Lorenzo López tanto en la primera instancia ante el corregidor como en la segunda ante la Chancillería, podemos hacernos una idea de las terroríficas situaciones que tuvieron que sufrir él y sus familiares, si es que damos por ciertas sus manifestaciones.

En efecto, las declaraciones de los testigos presentados por Lorenzo López, desde antiguos moradores de la casa en cuestión hasta su propia mujer, hijas y criados, presentan como denominador común los grandes ruidos y alborotos que solían salir tanto de la planta de arriba de la casa, donde se situaba la vivienda, como de la bodega, en el subsuelo de la misma; que les lanzaban objetos diversos y peligrosos como cantos, piedras, monedas, lumbres de fuego, sartenes, cuchillos por las escaleras y ventanas, revolviendo todas las estancias, y todo ello mientras dormían o incluso comían; y que en ocasiones les tiraban del brazo o les daban algún fuerte golpe en el cuerpo, dejándoles amoratados y desmelenados, llegando al punto de que Mariana López, hija del demandante, había sido fuertemente golpeada en la bodega hasta perder el conocimiento por el supuesto duende, habiendo observado también algunos declarantes un “bulto” blanco.

Antonio Ruiz, un antiguo morador de la casa, declaró que “una noche, después de media noche y estando este testigo con dos hermanos suyos en una cama acostados oyó bajar por una escalera que estaba junto al dormitorio, donde estaban, bajar haciendo ruido como de calderas o cerrojos, y al fin de la escalera paró lo que era, y oyó jadear como persona”. También “oyó y vio como por las escaleras de la dicha casa arrojaban y caían por ellas hasta el portal, piñas de casca de pinares y una barra de silla de mula o caballo, cuchillos y otras cosas”.

En relación a la mujer de Lorenzo López, declara que en una ocasión la vio “con unos cuartos (…) y echó los cuartos en el cajón donde tenían el dinero, y al tiempo que se volvió del dicho cajón sonó en el suelo como moneda, y (…) la dijo: “mire si se la ha caído algo, que parece que ha sonado a moneda”; y ella dijo: “será algún medio cuarto que se me había caído y se desvió”. Y vio que era un dedal de mujer, y la susodicha se santiguó diciendo que Marina, su hija mayor, hacía mucho tiempo que había andado buscando aquel dedal y no lo había podido hallar, y que ahora se le habían echado allí”.

Relata otro acontecimiento extraordinario ocurrido sobre la referida Mariana, cuando en una ocasión su madre “subió a mucha prisa alborotada dando voces llamando a la dicha Mariana su hija”, la cual finalmente aparecería “en la dicha bodega (…) en el suelo boca abajo y desgreñada, y la llamaron, y dieron muchas voces, y no respondió. Y este testigo entendió que estaba muerta. Y el dicho Juan Pérez, tundidor, tomó en brazos a la dicha Mariana y la subió por muerta sin menear pie, ni brazo, ni otra cosa de su cuerpo y su vida. Le dieron garrotes y volvió en sí.

Pedro de la Cuesta, zapatero que había vivido también en la casa varios años, relató que en una ocasión “oyó un gran ruido en un montón de hormas que había en la sala de la dicha casa, que las revolvían de arriba abajo, y las abrían y cerraban dando golpes en las cerraduras. (…) Y vio un bulto pequeño y fue tras él la escalera arriba dos o tres veces, y se le iba por una ventana de lo alto de la dicha casa”, y que él y su familia “estaban espantados, diciendo que no sabían que era aquello, si era alguna bruja u duende”.

Otro antiguo inquilino, Diego López de Marquina, declara que una vez “subió a lo alto de la dicha casa a proveerse y hacer sus necesidades, y estándolo haciendo le dieron un zurriagazo por detrás que no supo ni vio con qué porque era de noche, que le espantó y puso miedo, que casi no acertaba a bajar las escaleras, y bajándolas le tiraron un adobe que le pasó por el hombro derecho”. Como se puede apreciar, parece que nuestro "duende" no respetaba a los moradores de la casa ni en sus momentos más íntimos.

La mujer de Diego López, Catalina Rodríguez, declaró que un oficial de su marido que vivía con ellos, una noche mientras dormía “le habían tirado muchas piñas locas a la cama donde estaba, y que se había levantado de la cama y tomando una espada para ver y saber quién le tiraba; y que con la dicha espada había dado en un bulto que no sabía qué era, y que se había tornado a la cama; y que luego le habían quitado la ropa de la dicha cama y le habían dado muchos porrazos”. Así pues, está claro, que nuestro terrorífico huésped no se amedrentaba ante nadie, ni aun haciéndole frente con espada.

La notoriedad del encantamiento de la casa por la vecindad de Peñafiel es manifestada por varios de los testigos, como la anterior, al relatar que “más de diez y seis años a esta parte a oído decir en la dicha villa de Peñafiel públicamente y a muchas personas vecinas, que en la bodega de las dichas casas andaba y anda un duende.

María Sacristán, criada de Lorenzo López, declara que una noche, “subiendo a coger un poco de basura para llevar al río, estando sola la mataron el candil que tenía y la destocaron y arañaron la cabeza y la frente, y la rasgaron el tocado. Y de miedo se quedó desmayada en la escalera y estuvo desmayada sin poder volver en sí”.

La actitud revoltosa del duende no dejaba objeto por tocar. Así declaran: que “una noche, después de acabado de cenar, el dicho Lorenzo López, su amo, se fue y salió de casa, y dejó encima de la mesa en la sala un libro grande de sus cuentas, y su mujer se quedó sentada a la mesa y estaba en ella escribiendo. Y (María Sacristán) sentada sobre un arca, mirando cómo la dicha su ama escribía, vio como por detrás de la dicha su ama a raíz de la pared iba una cosa blanca, y dijo: “señora, mire, que va por la pared una cosa blanca”. Y la dicha su ama se levantó de la silla donde estaba sentada y dijo: “el libro que tenía aquí me lo han llevado”. Y se alborotó mucho. Y luego le fueron a buscar y hallaron el dicho libro que tenían sobre la mesa, dentro de un aposento debajo de la cama del dicho su amo”.

Parece que nuestro duende era un tanto glotón, ya que declara que “por muchos días en la bodega de la dicha casa ponían una mesa con manteles, y sobre ella pan, vino, queso y otras viandas, y que cuando volvían lo hallaban comido y bebido el vino", si bien no le gustaba irse sin pagar, ya que “dos veces hallaron en la dicha mesa dos cuartos”.

Las apariciones siguieron aun con los nuevos inquilinos de la casa encantada, si hemos de creer a los mismos, Francisco García y su mujer Catalina Núñez. Así, esta atestigua: que “una noche estando el dicho Francisco García, su marido, acostado en la cama, esta testigo estaba abajo en la tienda del portal de la dicha casa y se subió arriba a oscuras por no estar sola. Y subía por la escalera arriba rezando en un rosario. Y a la entrada del aposento donde estaba acostado el dicho Francisco García, su marido, a la mano izquierda le pareció que la asieron del brazo y topó con una cosa blanca. Y luego se espantó y dio un grito, y se fue a la cama, y se abrazó con el dicho Francisco García, su marido, y le despertó, que estaba durmiendo, y esta testigo llorando le dijo: “ay amigo que no sé quién me asió del brazo aquí”.

Finalmente, una criada de los susodichos, de nombre María, relata como Catalina López la llamó, junto a otros vecinos, para que contemplaran “unos castillos que decía que había hecho el duende. Y vio esta testigo como en el suelo de la dicha sala estaban hechos unos castillejos de naipes sobre una tabla muy puestos y muy concertados, y la dicha Catalina Núñez decía que los había puesto el duende y decía que no había de vivir más en la dicha casa”.

A lo largo de todo el proceso judicial y los múltiples testimonios incorporados, podemos llegar a entrever el alto grado de superstición popular existente en la Castilla del siglo XVI, utilizándose ésta muchas veces como treta para conseguir determinados intereses materiales como en este caso la anulación de la compraventa de la casa en cuestión. Además, el hecho de que ninguna autoridad eclesiástica interviniera, aparentemente, en los hechos, junto con la sentencia desestimatoria del corregidor, con un conocimiento directo y cercano al asunto del pleito, restaría credibilidad al mismo. Por otra parte, la estimación de la demanda por los oidores de la Chancillería dejaría mucho que desear, ya que se les presuponía un mayor nivel de conocimiento y profesionalidad jurídica que a los jueces inferiores.

desestimatoria del corregidor, con un conocimiento directo y cercano al asunto del pleito, restaría credibilidad al mismo. Por otra parte, la estimación de la demanda por los oidores de la Chancillería dejaría mucho que desear, ya que se les presuponía un mayor nivel de conocimiento y profesionalidad jurídica que a los jueces inferiores.

En cualquier caso, no está de más dejar un cierto margen para la parapsicología y la posibilidad de la existencia de nuestro "malvado duende", dando cobertura así y justificación a la extraña decisión de los oidores.


Signatura: Archivo Historico Nacional.  PL CIVILES,VARELA (F),CAJA 3305,5. 

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